miércoles, 5 de agosto de 2015

La tierra y la sombra o el retrato sobre la pared



En casa de mi abuela hay unretrato. En él, aparecen mi mamá y mis dos tíos cuando eran niños. El mayor de los  tres está  a la izquierda sosteniendo al bebé que es mi tío el menor quien aparece sentado en un taburete de esos que forraban con cuero de vaca, y  a la derecha se ve la niña que era mi mamá, tapándose la boca. Aquel retrato cuelga en la pared, como señal de un pasado caprichoso que se encierra en aquel rectángulo, en los ojos de aquellos niños, para recordarnos con nostalgia que el tiempo siempre sigue su curso. Como en la Tierra y la Sombra, película colombiana ganadora de la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el festival de Cannes, en la que el tiempo sigue su curso dejando un halo de nostalgia y abandono a su paso.  

En la primera escena vemos el regreso de un hombre (Haimer Leal) que, tras años de haber abandonado su casa, vuelve para cuidar a su hijo enfermo (Edison Raigosa) mientras su mujer (Hilda Ruiz) y la esposa de su hijo (Marleyda Soto)  tienen que trabajar como cortadoras de caña. Llega a la casa para ser recibido por su nieto (José Felipe Cárdenas), un niño que lo primero que hace es preguntarle si él es su abuelo. Aquel cuadro, en el que el niño y el hombre se encuentran en la puerta, podría ser un retrato, una señal del encuentro de dos tiempos: el pasado representado en el hombre que regresa y el presente, encarnado en la inocencia de un niño que vive rodeado de adultos. Pero al mismo tiempo, ese encuentro en una apuesta por un cambio hacia el futuro. 


La película sigue su curso, con movimientos de cámara muy cuidadosos, lentos, como si el aparato nos permitiera ser observadores distantes de aquel retrato de colores tenues, casi en sepia. Vemos a la madre que se cansó de esperar, una mujer llena de dolor y anclada a su casa; al hijo enfermo, atado a su madre, al deseo de no dejarla sola, pero cada día más débil; a la esposa del hijo con un carácter fuerte, intentando salvar a su  familia de aquella casa, de aquel pasado, de aquella vida. Y al niño creciendo en medio de todas esas vicisitudes. También recorremos la casa, esos espacios íntimos que reflejan un lugar que con el tiempo empezó a deteriorarse. Una  familia encerrada para evitar que el polvo y las cenizas le hagan más daño al enfermo. Asistimos entonces, a los conflictos alrededor del olvido, del perdón, de la necesidad de desprendernos de lo nuestro, de la tierra. Un asunto que guarda mucha relación con un país como Colombia.   

La casa está rodeada de caña de azúcar, por eso, lo único que el niño puede ver es el verde que lo rodea. A veces llueven cenizas producto de la quema de caña en los terrenos cercanos. Y esas cenizas cayendo son como pedacitos de tiempo, de memoria, que llueven sobre ellos, sobre la casa. Hay un árbol en la terraza en el que los pájaros cantan,  el niño los escucha y les tira piedras. Para él son una masa homogénea que canta igual en todo momento. Solo distingue el canto de cada uno de los pájaros cuando el abuelo, que estuvo por fuera de aquel encierro, se los va nombrando. Otorgándole al niño la posibilidad de ser un espectador consciente del concierto que las aves le brindan. El regreso le ha permitido al abuelo mirar aquella tierra con unos ojos distintos; los ojos de quien conoce que existen otras posibilidades.


La tierra y la sombra tiene escenas memorables y conmovedoras que se abren ante nuestros ojos cual colección de retratos nostálgicos, contando una historia de dramas profundos en varios niveles, que terminan con la única opción que les queda  a quienes se vuelven ajenos a la tierra en la que siempre vivieron: irse.  La familia, con sus silencios y miradas melancólicas, resistió tanto como le fue posible, para entender que a veces se debe emprender el vuelo.  Solo la abuela, anclada a su pasado, termina sentada en la banca al lado del árbol,  frente a la casa, contemplándola como quien admira un retrato en la pared de una casa, como mi abuela lo hace en ocasiones, o como mis tíos y mi mamá cuando se reúnen.  Esperando que de aquella imagen brote el pasado y con él, una nueva oportunidad de vivir esa vida que suelen añorar.



Por: Márquez

1 comentario:

Juan Pájaro Velásquez dijo...

Buen texto, la descripción que haces de la película - que no he visto - me recuerda un poco a lo hecho por Garcia Marquez en las obras en la que Macondo y la familia Buendia son protagonistas... quedé interesado en verla, ojalá pueda hacerlo.